jueves, 7, julio, 2022
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San Francisco de Alfarcito, en Jujuy, es una comunidad pionera y cuenta con un circuito que permite vivir en lugares rurales en su estado original.

San Francisco de Alfarcito es una comunidad jujeña que debe su nombre al patrono del pueblo y a la siembra de alfalfa, que por 1946 era una de las actividades más importantes de su gente. Sus calles de tierra, sus construcciones características y la calidez propia del norte argentino forman parte de este pueblo cargado de cultura, ayuda comunitaria y sustentabilidad. Pisar Alfarcito es adentrarse en un mundo paralelo en el que es posible disfrutar y conectarse con las raíces aborígenes.

La organización interna se remonta a los orígenes del pueblo y funciona a la perfección. Todas las tareas están distribuidas equitativamente, respetando la naturaleza, aprovechando los recursos disponibles y haciendo partícipe a cada integrante del lugar. “Nosotros heredamos el sistema de organización de nuestros abuelos y ancestros: trabajo solidario, común y entre todos”, contó Guillermo Quipildor, guía local del pueblo y miembro de la comisión en la que se debaten los principales proyectos, en un diálogo con el Instituto Nacional de Promoción Turística (Inprotur).

Cabe mencionar que la comunidad aborigen tiene su propio sistema de gobernanza, con un líder -el comunero- elegido mediante asamblea y comisiones para estructurar las distintas labores diarias. Cada uno colabora para beneficiarse entre todos.

En 2000, Alfarcito abrió las puertas a una nueva etapa, siendo pioneros en la temática: la implementación del turismo comunitario, es decir, actividades desarrolladas en medios rurales y basadas en la participación activa de la población local. Así, Alfarcito se preparó para recibir viajeros de todo el mundo que quisieran vivir una experiencia inmersiva en la comunidad, respetando la cultura nativa y compartiendo momentos con los integrantes de la misma.

En palabras de Quipildor, el turismo comunitario consiste en estar en armonía con todos los seres que rodean al visitante, tomando como base la sabiduría ancestral y aplicándola: “Nosotros respetamos y queremos mucho a la tierra, que llamamos la Pacha. Ella nos da todos los elementos para poder sobrevivir, obviamente tenemos que saber desarrollarlos de manera sustentable y sostenible. Lo que hacemos es no abusar mucho de los recursos que tenemos desde la comunidad, porque usándolos de forma equilibrada y responsable los tenemos por mucho tiempo”.

Mediante una asamblea, se define qué servicios y actividades se pueden hacer, involucrando a la mayor cantidad de familias posible; algunas ofrecen hospedaje, guías o comedor. De todas maneras, hay también familias que no se interesan activamente, pero de alguna forma participan a través de la exposición y venta de artesanías. “Todos hacemos un esfuerzo para que nos podamos beneficiar. De esta manera se transforma el turismo rural en una actividad sustentable, porque aportan todas las familias y la gente de la comunidad”, añadió el guía.

Asimismo, manifestó que la comunidad es artesana. Algunos cuentan con pequeños rebaños de llamas, y en la temporada primavera-verano todos se dedican a la siembra de hortalizas, habas, papas y maíces.

“Tenemos una posada comunitaria que manejamos entre todos, rotando cada familia. Entonces cuando llega un turista se van turnando en la atención y de ahí se saca un pequeño porcentaje. Los fondos que van quedando de esa posada, que es un fondo común, se destinan al mantenimiento de la misma. También está pensado para apoyar a las familias que necesitan ayuda con diferentes créditos, con la posibilidad de ir devolviendo ese dinero”, explicó Quipildor.

San Francisco de Alfarcito comenzó a formarse en 1880. En ese entonces no contaban con ninguna clase de servicios y los primeros moradores subsistían de acuerdo a sus posibilidades. Eran ganaderos y artesanos que realizaban viajes a la Quebrada de Humahuaca en burro para llevar productos locales (chalonas, charquis, sal en pan, artesanías de lana) y hacer trueque con frutas y mercaderías.

Luego decidieron abocarse a la educación de sus hijos. No había una escuela formada, sino que contrataban maestros temporales, como una escuela ambulante. “Ya en 1940 estaba formado el pueblito y empezaron a construir la iglesia, súper pintoresca y hecha con materiales locales como piedra y techos con madera de cardón. Esa fue una de las obras más importantes, que terminaron en 1946”, indicó el guía.

Más adelante se formaron las comisiones, después el Club Deportivo El Porvenir, la escuela y así sucesivamente. Todo fue en forma progresiva porque no recibían mucha ayuda económica, que es lo que hace que las obras avancen. Era a pulmón y con esfuerzo propio.