viernes, 18, junio, 2021
Anato

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró al COVID-19 como pandemia, hecho que paralizó al turismo por completo. 

El brote de coronavirus comenzó como algo lejano, los habitantes de América y de Europa lo veían como un problema de Asia. Pero eso era enero de 2020, un mes después el sector turístico mundial empezó a ver con preocupación las noticias que llegaban desde esos sitios. A fines de febrero el alerta ya dominaba al empresariado turístico, a pesar del escepticismo de algunos referentes. Incluso, un charla recurrente en los pasillos de la Vitrina Turística de ANATO, en Bogotá, fue la posible ola de reprogramaciones que iban a comenzar a darse en las semanas siguientes. “Se va a poner jodida la situación”, era una frase común en el stand de Argentina de dicha feria.

“No recomendamos ninguna restricción a los viajes o al comercio, basándose en la información disponible en el momento. Trabajamos en estrecha colaboración con expertos globales, gobiernos y asociados para expandir rápidamente el conocimiento científico sobre este nuevo virus, hacer un seguimiento de la propagación y la virulencia del virus, y asesorar a los países y a la comunidad global sobre medidas para proteger la salud y prevenir la propagación del brote”, explicaba en aquel momento la OMS, poniendo distancia del alarma que comenzaba a replicarse. 

Unos días después la realidad no dejaba lugar a la duda, el virus estaba atravesando las fronteras a una velocidad impensada, incluso desde ahí es que al sector aéreo le quedó cierta desconfianza de parte de los pasajeros. “El virus viaja en avión”, se decía por esos días. Con el tiempo, la actividad aerocomercial demostró que gracias a sus estándares de seguridad sanitaria es el medio de transporte que aporta mayor tranquilidad y bajos niveles de contagio.

Así fue como el 11 de marzo de 2020, el mundo entró en la era pandemia que marcó un reinicio de la vida en la tierra. “El mundo no volverá a ser el mismo”, afirmaban los especialistas. 

Un día antes, el presidente de la Nación, Alberto Fernández, había encabezado una reunión entre su Gabinete y especialistas en salud. En ese marco, se había anunciado una partida presupuestaria extra de 1700 millones de pesos por el brote de coronavirus. Además de una licencia excepcional a la que podían acceder quienes volviesen al país proveniente desde el exterior para lograr que en forma voluntaria permanezcan en sus casas. En paralelo, regía una recomendación: «no viajar a áreas de transmisión sostenida del virus como Europa, Estados Unidos, Irán, Japón, China y Corea del Sur».

Esa misma tarde se habían reunido los principales referentes regionales y sectoriales junto a todas las autoridades de FAEVYT con el objetivo de analizar los pasos a seguir para morigerar los golpes que estaba recibiendo la actividad por la turbulencia económica, social y sanitaria mundial que desató el coronavirus. De allí salió la intención de la declaración de la emergencia económica, productiva y fiscal del sector que recién llegaría siete meses más tarde, un poco demorada y bastante atenuada de la iniciativa primera. 

“Hemos evaluado que el COVID-19 puede caracterizarse como una pandemia”, dijo Tedros Adhanom, director de la OMS. Y en este sentido, remarcó que el número de casos de coronavirus fuera de China aumentó 13 veces y que el número de países afectados se triplicó las dos semanas previas.

Lo que siguió después fue una seguidilla de medidas, restricciones y alertas. El mundo vio como las fronteras iban blindándose. Ese fin de semana, Argentina asistió atónita al cierre de los parques nacionales y múltiples puntos turísticos. El drama de los varados y repatriados llegarían después.


El viernes 13 de marzo, desde el Parque Nacional Iguazú se emitió un comunicado que establecía la reducción de visitantes a 2000 personas por día a partir del domingo, además de una serie de disposiciones destinadas a evitar el contacto cercano, como la decisión de que las entradas al recinto se realicen únicamente de manera virtual. 

Horas más tarde, Oscar Borrelli, director ejecutivo del Teleférico Cerro Otto/Fundación Sara María Furman, informó que a partir del 17 de marzo se suspendía la prestación de servicios hasta nuevo aviso. Asimismo, las navieras procedieron al cierre adelantado de la temporada y las compañías aéreas reestructuraron su programación para ayudar a traer de regreso al país a los argentinos que estaban en múltiples puntos del mundo, y a su vez hacer lo propio con quienes estaban recorriendo el territorio nacional para que retornen a su destino de origen. 

Seis días más tarde de la declaración de la pandemia, Tierra del Fuego se convirtió en la primera provincia argentina en detener todo tipo de actividad pública y privada, en pos de intentar frenar la expansión del coronavirus. El gobernador Gustavo Melella dio a conocer el decreto 468, a partir del cual se creó un protocolo de cuarentena reglamentado por un Comité Operativo de Emergencia.

“Es el sector más afectado y todas nuestras estimaciones se han quedado obsoletas por una realidad cambiante”, declaró el secretario general de la OMT, Zurab Pololikashvili. Y agregó: “Esta emergencia de salud pública sin precedentes se ha convertido ya en una crisis económica que tendrá un costo social”. 

Sin duda, en momento se sabía que la situación era grave, pero nadie podría prever lo que iba a pasar. Reprogramaciones, cancelaciones y repatriaciones se volvieron moneda corriente. 
Los agentes de viajes debieron afrontar la época más incierta en toda su historia. Aunque a la luz de los acontecimientos algo quedó claro, los pasajeros varados que pudieron resolver su situación de manera más rápida son los que contaron con el respaldo de un profesional.  

Los días que siguieron la situación empeoró al punto que por primera vez en la industria turística nacional un presidente de la Nación recibió a la cúpula gremial empresaria del sector. Todos guardan un buen recuerdo de aquel encuentro pero un año más tarde el pedido para una nueva cita sigue en pie, eso marca que por más voluntad que haya la ayuda es insuficiente. Ahora resta esperar que el próximo aniversario de la declaración de la pandemia aguarde un escenario más positivo.